Era muy pequeña cuando llegó a la casa de su nueva dueña. Era una casa muy bonita, limpia y acogedora. Pero, como ya se sabe, ante todo cambio cualquier persona o animal se siente muy nervioso y confundido. Y no iba a ser menos nuestra protagonista.
La llamaron Winnie. Sólo tenía un mes cuando llegó a la casa. Lucía un pelaje sedoso y brillante. Parecía un tigre en miniatura. Su dueña se llamaba Davinia y tenía 8 años. Estaba entusiasmada. No tenía hermanos pequeños, así que la llegada de una mascota era todo un manantial de nuevas sensaciones para ella.
Pasó el tiempo y se hicieron muy amigas Davinia y Winnie. Davinia podía pasarse las tardes enteras observándola. Le encantaba esa majestuosidad que tenía su gata al andar. Era una gata caprichosa a la que no le gustaba cualquier cosa. Por ejemplo, no le podía dar cualquier tipo de pienso: el pienso de pescado no le gustaba. Sólo el de pollo. También le gustaba las gambas, las colas de pescado cocidas (¡ojo! Tenía que estar cocidas, si no era así no las quería). Y así un sinfín de peculiaridades.
Adoraba subirse a la tabla de planchar para dormir su siesta. ¡Y tumbarse en la canasta de la ropa limpia! El olor a suavizante le traía loca. Cuando Davinia se acostaba en el sofá a descansar, Winnie iba corriendo a enroscarse en las piernas de Davinia para descansar junto a ella. También le gustaba jugar con los aritos de plástico de las botellas de agua.
Davinia y Winnie crecieron juntas. Cuando Davinia salía a pasear con las amigas, a la vuelta siempre le estaba esperando detrás de la puerta para recibir una caricia. Y cuando se iba de viaje se echaban mucho de menos la una a la otra. Se hicieron inseparables. Se hicieron muy amigas. Compañeras de lo bueno y lo malo.
Diez años estuvieron juntas. Diez largos años. Como bien sabéis, Davinia soy yo. Y Winnie, ha sido mi compañera en la vida desde que yo era una niña hasta hace siete meses. Por cosas que suceden, nos tuvimos que separar.
La llevamos a una residencia para animales. Pagué para que mi gata estuviera en perfecto estado durante 3 meses, en una jaula individual. Un día, fui a visitarla y me la encontré en una jaula con otros veinte gatos. Winnie pesaba unos nueve kg; cuando la vi pesaría alrededor de los cinco. Estaba moribunda y sangrando por la boca. Al principio pensé que se habría peleado con los gatos, pero al no ver ni un solo rasguño en todo su cuerpo supe que le había pegado una persona hasta reventarla por dentro.
Fue muy desagradable ver así a mi amiga… Y más teniendo en cuenta que crecí con ella. Fue muy duro ordenar que la sacrificaran para que dejara de sufrir. Siete meses después no lo he superado. Aún se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo aquél día.
He llegado a casa hace un rato. Y como cada día que pasa, espero que esté detrás de la puerta esperándome para pedirme alguno de sus caprichos. Pero ya no está.